
Tampoco es como para exagerar y hacer un foro contra la familia, así como otros han hecho el foro de la familia, para su protección y tal, pero la familia es algo, como todo, ambiguamente peligroso.
El amor es algo que no se paga por la sencilla razón de que no todas las uniones de personas, esto es, convivencias... etc., se dan sólo con el dios dinero mediante, aunque por supuesto que tal y como es "nuestro sistema", ahora, en todo, lo que más importa es el dinero (y sólo va palpablemente detrás de otra cosa cuando se trata de algunas de esas experiencias fuertes compartidas quizá largo tiempo o en momentos especiales: amistades, amores, de años atrás, etc.).
El dinero es un medio que permite destacarse precisamente en eso, por ejemplo: relacionarse, amarse. Pero las inscripciones que las convivencias dejan en los cuerpos inconscientemente, y que tras los años crean eso del amor-odio duradero... obviamente se pueden pagar con dinero, pero no ocurre así en muchos casos. Por ejemplo está el caso de los hijos, cuando son muy pequeños (aunque las personas que más se relacionan con las crías malcriadas son a menudo las criadas rusas, rumanas, ecuatorianas, etc., que crían a nuestros futuros jefes occidentales sin tiempo, de padres occidentales profesionales de esos que no paran de "trabajar", de ser "muy legales", y jugar a perversiones varias, entre ellas la del trabajo.)
Por motivos económicos y culturales la familia se convierte en una trampa: cuando eres joven no lo sabes, no sabes que lo mejor de lo mejor no se paga, y que esas cosas son del estilo de aquellas relaciones, las que tienes con tus padres o hermanos sin haberlo siquiera pensado, son relaciones que en el futuro te gustará empezar o haber empezado ya con otra gente, variada, de "fuera" de tu familia. Puedes quedarte atrás en esa práctica, sin haberte dado cuenta, pues el amor no es nada trascendental y se cultiva, pero eso aún no lo sabes, tampoco sabes cuánto vas a necesitar cultivarlo fuera de la familia o fuera de el círculo "x".
En familias pequeñas o pobres cultural y monetariamente hablando puedes quedarte atrapado en una esfera que poco a poco se convierte en una esfera de amor-odio. Es la manía que tenemos a menudo. Y no hay cosa que más asco me dé al respecto que los chistes que rondan por el mundo sobre las estancias sobre-alargadas en "la comodidad" de la casa familiar de algunos jóvenes de hoy en día o de ayer. Que no te enseñen a cocinar, que no aprendas nada, etc., el no tener necesidades propias..., el criarte como un inútil porque todo el mundo lo hace... el criarte para ser pobre, triste, para ser y sentirte menos que inmigrante en tu propia ciudad, para estar fuera de todo... todo eso está claro que llega un punto en que no son otra cosa que auténticas maldiciones, no comodidad. Y son maldiciones pues la difícil y larga o costosa preparación que unos padres "puedan dar" a sus hijos -así se dice, oh horror-, preparación para el absurdo mundo de castas oscurantistas del trabajo, es muy a menudo una farsa catastrófica.
Entonces la pregunta: ¿Cómo prevenir los excesos de la familia?
Hay casos en que un poco de organización bastaría. Por ejemplo el idílico supuesto de que, habiendo los medios (casas suficientemente grandes, ganas, amistad...) dos o más familias distintas quisieran compartir sus vidas y largarse, dejando a los niños -quizá ya lo suficientemente mayores- la mayor parte del tiempo en una de las casas. Así de fácil. A menudo se dice que los niños son auténticos extraños para los padres, y las convivencias llegan a ser torturadoras. Como solución, lo anterior es sencillo en algunos casos.
¿Nadie se encarga de estas cosas? ¿Parece que cae y se soluciona por su propio peso? Como siempre, las experiencias se tirarán a la basura. La gente que cría bien y tiene dinero o cultura para hacerlo lo hace en su esfera y ya está. Cada uno en su/s casa/s y dios en la de todos. Ahí está el truco.
PD: Al cierre de esta edición, los ofrecimientos de novias pour moi aún no han llegado.
De lo concreto a lo general. Maniobras del pensamiento desesperadamente impecables en el libro:
"Relación del envenenamiento perpetrado en España y camuflado bajo el nombre de síndrome del aceite tóxico".
¿Etiquetajes contra la verdad? La "verdad" no vende, la verdad en cuanto a lo que sucede en realidad con nuestra tribu mundial capitalista. Nadie quiere agobiarse, se acabó la política, pues se acabaron los agobios: si alguien está agobiado muérase, muéranse los agobiados, los hambrientos y los perdidos, es el mensaje de entre bastidores. O sea, muéranse de televisión, de asco y hambre en un mundo de limosnas. De la antigua verdad poco queda, ahora sólo se puede disfrutar, caiga quien caiga.
Hay que camuflarse y sacar dinero metafísico, con filosofías incluso, y hasta con sociologías metafísicas. No digo que la metafísica no sea bonita, pero es muy ambiguo y engañoso cierto papel de salvadores del mundo mediante la poética de una metafísica que tiene miedo de mancharse con las repulsivas verdades de nuestra especie. El capitalismo gana: obviamente: vida = pasárselo bien = dinero (entre otras cosas)... ¿y quién tiene el dinero...? Hay que comprar comida, ropa... y estas cosas son las más intrincadas con el poder y sus transportes/distribuciones/producción.
Pasárselo bien no es muy compatible con "la verdad". Se pone a veces entonces una etiqueta a un modo de estar, que como todos los modos es "equivocado", como la vida en sí: equivocada, y entonces ale, a tirar palante y a olvidarse de lo que molesta. Eso te puede ocurrir cuando te encuentras con textos del estilo "situacionista", una forma de crítica que puede parecer algo exagerada pero que atañe a esto que decimos de "la verdad", y que enseguida puede ocurrir que el sagrado individuo animal que somos cada uno lo abandone como algo "desagradable". Textos que sirven a mucha gente para entrar en eso del "pensar", desatan ciertas reacciones.
Ahí van unos extractos de un texto breve sobre el "síndrome del aceite tóxico", que generalizan en algunos temas sobre ciencia/industria, y que son básicos, como un cierto "polo" a tener en cuenta.
Nota: tras el primer párrafo que hace referencia al tema concreto de este pequeño texto (desarrollado en anteriores capítulos y encargado de destapar los manejos del estado-industria-ciencia...), el texto termina con algunas generalidades que no por ser excesivamente "x" (lo que queráis en esa "x") se pueden dejar de lado. El libro se llama "Relación del envenenamiento perpetrado en España y camuflado bajo el nombre de síndrome del aceite tóxico", de Jacques Philipponeau. Précipité editorial.
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A finales del año 1981, el Dr. Muro pensaba que al menos dos mil personas sabían que el aceite no tenía nada que ver con la epidemia y conocían o sospechaban la verdadera causa. Si restamos a políticos, policías, jueces, periodistas y algunos expertos a sueldo, quedan todavía muchos médicos y científicos cuyo silencio ha permitido la organización del encubrimiento. Lo mismo ocurrió en Francia con el escándalo de la sangre contaminada, donde cientos, incluso miles de médicos sabían que los productos sanguíneos prescritos estaban contaminados por diversos virus. Para que unos individuos como Garretta o Tabuenca puedan actuar con absoluta impunidad es necesario que la irresponsabilidad sea algo trivial en los ámbitos científico y médico.
En un contexto más general, esta irresponsabilidad es la de una época en la que el individuo aislado ya no tiene que preocuparse por las consecuencias de su actividad fragmentada; una auténtica comunidad, al estar mediatizada por relaciones burocráticas o de mercado, ya no existe. Pero en el ámbito que aquí nos interesa, esta irresponsabilidad se ve reforzada por el prestigio del investigador y la confianza ciega en los expertos. El matiz léxico semántico que distingue al sabio del científico y del investigador es significativo: el investigador investiga donde le mandan investigar. De hecho no tiene elección y por lo tanto puede investigar en función de las necesidades de los que le contratan y de la ideología imperante, tanto un tóxico inexistente en el aceite adulterado como las causas genéticas de la homosexualidad o el nuevo tranquilizante que le devolverá la felicidad una población que la ha perdido por el camino. El investigador moderno, aunque disfrute todavía del prestigio de sus ilustres predecesores, se ha convertido ante todo en el peón, definitivamente proletarizado, de una actividad integrada en la industria planetaria. En la mayoría de los casos está condenado a las labores poco gloriosas del laboratorio. Trabajando mucho, mal pagado, ascendiendo penosamente por la escala jerárquica a base de sumisión y arribismo, el descubrimiento de algo extraordinario es su única esperanza para abandonar la mediocre situación de eterno estudiante -y sin embargo con frecuencia es profesor-, salir de la oscuridad y aparecer solo una noche ante las luces del reconocimiento mediático. En efecto, el acceso a la fama científica pasa cada vez más por la autoproclamación publicitaria, aunque ésta se venga abajo en las horas semanas o meses siguientes. Este fenómeno todavía marginal tiene mucho futuro, pues, si para la mayoría de los investigadores la prueba irrefutable de la realidad y del valor científico de su trabajo reside en la publicación de artículos en las revistas internacionales de peso, estas revistas sin embargo ya no pueden ser garantes de la seriedad que les dio la reputación que gozan.
El director de Nature, John Maddox, se quejaba en Le Monde del 26 de julio de 1989 de la multiplicidad de trabajos erróneos y, todavía más grave, de “una actividad en plena expansión”: “la proliferación de publicaciones deliberadamente deshonestas”, a la vez que precisaba que “por ahora, el fenómeno se limita, en general, a la investigación biomédica americana”. En un artículo dedicado al síndrome tóxico, el único en Francia que cuestionó la versión admitida, se leía: “Por muy sorprendente que pueda resultar, el capitalismo no tiene criterio para evaluar el valor de intercambio de una información científica [...] se supone simplemente que, si una información aparece en muchos artículos, esto significa que puede contribuir a un descubrimiento”.
La carrera profesional de los investigadores depende principalmente del volumen de artículos publicados, pues la obtención de fondos de investigación está indirectamente relacionada con estas publicaciones y, por otro lado, las revistas han de prevenirse contra los estafadores, los trabajos chapuceros o la autoilusión de los investigadores iluminados. Estas condiciones bastan para explicar la mediocridad y la ortodoxia sin mácula de la aplastante mayoría de las publicaciones. Así es como Nature, ilustrando de maravilla las palabras de su director, publicó muchos artículos dedicados al síndrome del aceite tóxico sin ceder el menor espacio a las hipótesis “alternativas”. Su rival, The Lancet, llegó incluso a publicar los incalificables trabajos del Dr. Tena, director del Instituto Nacional de Toxicología español, y, en total, se publicaron en las revistas científicas más de cien artículos que incriminaban al aceite tóxico. Todas estas publicaciones, amparadas por la OMS y el CDC, alcanzaron rápidamente una masa crítica autojustificativa, donde por muy erróneos que fuesen, ya no se volvieron a cuestionar los postulados de base. Sólo quedó, por lo tanto, una acumulación de publicaciones que los justificaban o utilizaban otros del mismo género, mientras los trabajos alternativos ya no se podían publicar, ya que habrían a la vez condenado al conjunto de la comunidad científica y puesto en tela de juicio el crédito de dichas revistas. En consecuencia, fueron rechazados por no científicos. En una situación así ya no hace falta generalizar el complot para ocultar una realidad criminal o simplemente inoportuna pues la mentira ha adquirido una existencia autónoma e incontestable y puede mostrarse sin ningún pudor; es consecuencia de una situación de hecho: la comunidad “científica” ya no sabe opinar con objetividad sobre la proliferación continua de bluffs mediáticos, de fraudes de todo tipo o de manipulaciones determinadas.
La “vuelta a lo irracional” en las ciencias es una simple consecuencia del derrumbamiento de todo lo que constituía el fundamento práctico de los conocimientos exactos. Al ignorar reiteradamente “tanto el juicio de espírito como el ardor de los sentidos”, al reprimir la verdad del “valor de uso” de la realidad cualitativa de las cosas, hemos conseguido la desaparición del valor de uso de la verdad: ya no le interesa a nadie.
De esta manera, Tabuenca, el inventor del aceite tóxico, escribió en un informe global sobre el síndrome tóxico titulado “el SAT ocho años después”: “Durante todo este tiempo, se han celebrado muchas reuniones y se han llevado a cabo muchos trabajos bajo la coordinación de organismos nacionales e internacionales, de comisiones y de sesiones científicas del Ministerio de Sanidad y Consumo, del Congreso, del Senado, de la OMS, del Parlamento Europeo. Finalmente se ha celebrado el juicio del síndrome tóxico, según los juristas el más largo e importante de la historia judicial española. Se ha llegado cada vez a la conclusión de que el aceite era en efecto la causa de la intoxicación [...]. Por desgracia, todavía no se han encontrado más compuestos químicos que las anilidas para explicar mejor los estudios epidemiológicos. Tampoco se ha reproducido la enfermedad con animales de laboratorio, lo que limita considerablemente las investigaciones sobre una intoxicación tan importante y tan rica en enseñanzas para la medicina contemporánea”.
Semejante texto desmiente los propios fundamentos del método científico. Sin recurrir a ninguna argumentación epistemológica, los Dres Martínez Ruiz y Clavera escribían en su informe de agosto de 1984 sobre las investigaciones del Dr Muro: “Con lo que sabemos de la investigación oficial, dotada con abundantes fondos, de la extraoficial y sin medios del Dr Muro, la principal característica que las diferencia es que este último [por su “aislamiento” impuesto, anteriormente mencionado], se vio obligado a pensar, a tener una visión de conjunto, a rectificar errores y a reflexionar. Ningún medio técnico o financiero puede fabricar unas cualidades tan insólitas en los actuales “especialistas” burocratizados y eso explica las capacidades científicas del Dr Antonio Muro”.
La fragmentación asociada a la burocratización de la ciencia, la opacidad del saber cientifico como doble resultado del secreto y de la plétora de resultados, así como la regularidad de las consecuencias nefastas de esta ciencia han conducido a la aparición de un nuevo tipo de científicos: el experto. La legitimidad inicial del experto se basa en la complejidad de los procesos técnicos que requiere la industria moderna y la multitud de decisiones administrativas que conducen a su puesta en marcha. El experto es ante todo necesario al Estado para orientarle en su propio laberinto de operaciones y decisiones; está exclusivamente a su servicio. Cuando el resultado de un modo de producción se ha vuelto tangiblemente catastrófico, la función paralela del experto consiste en manipular su percepción y disimular sus causas; su implicación en la producción de la catástrofe, el saber de qué se trata, lo califica incontestablemente para esta función.
Además, sólo el poder puede autorizar el acceso a la totalidad de la información de un proceso técnico-industrial determinado, y este simple hecho hace inútil cualquier intento de contrainforme que surja de la falsificación manifiesta de las conclusiones oficiales. El contraexperto piensa que la sociedad es fundamentalmente racional, que sólo una falta de información objetiva desvía a los dirigentes y anestesia a la masa de la población. Para romper el muro del silencio hará falta, por lo tanto, o someterse o quedarse en la marginación.
La industria nuclear en su funcionamiento contaminante ordinario, o catastrófico, es el ejemplo arquetípico de una actividad inhumana donde el experto aparece en la realidad de su función; los únicos expertos eficaces son nuclearistas.
Esta constatación es de alcance universal pues los disfuncionamientos regulares de nuestra sociedad tecnicista llevan a la conclusión esperada de que sólo el error humano, criminal o accidental, convierte al sistema productivo en nefasto, pues éste está por encima de cualquier sospecha. Saber si es mejor morir irradiado, envenenado químicamente o triturado en la mortaja de acero de la industria del automóvil, que de viruela, tétanos o sífilis es un problema que podría interesar a los moralistas si no hubieran desaparecido ya, con la veintena de especies que lo hacen a diario. En cambio, hay que considerar muy en serio las ideas de los que se plantean fríamente el problema y detentan medios indiscutibles. Su razonamiento tiene la ventaja de la simplicidad: en el mundo de hoy, siendo este el que es, y dado que nada indica que vaya a cambiar, obviamente el hombre ya no está en su sitio, como lo puede constatar cualquiera que tenga un mínimo sentido de la observación. Por lo tanto es urgente recrear uno más adaptado y eficaz. De hecho, y como por arte de magia, las herramientas, las técnicas, el material humano y los programas aptos para activarlos existen en las prometedoras biotecnologías que, más allá de tan destacables promesas, aportan también sólidas plusvalías bursátiles.
Esta conclusión presenta la ventaja de ser lógica con sus premisas pero puesto que los hechos aportan regularmente un desmentido práctico a la idolatría tecnicista, el trabajo de los expertos consiste primero en negar la realdiad de los hechos y sus consecuencias previsibles, para luego falsificar sus causas.
Más vale la muerte que el desorden de la verdad, tal es el lema de la ciencia mercenaria actual.
Para conservar cierto aspecto de ser estadísticamente verosímiles, las conclusiones falsas de tales especialistas deben apoyarse en datos a su vez tanto más fácilmente falsificables cuanto más incomprobables. El 8 de mayo de 1986, unos doce días después de la catástrofe de Tchernobyl, el Ministerio de Sanidad de la URSS adoptaba nuevas normas que mutiplicaban por diez, e incluso en algunos casos especiales por cincuenta, “los niveles de radiación admisibles por la población”. Un método tan expeditivo de salvaguarda de la salud pública no podía mantenerse en secreto durante mucho tiempo: en agosto de 1986, en Viena, los expertos occidentales de la AIEA presionaron a sus homólogos soviéticos para que las previsiones de cánceres inducidos fueran oficialmente divididas por diez para permanecer dentro del límite supuestamente aceptable por la opinión pública mundial. Finalmente, en 1988, el UNSCEAR (Comité de la ONU sobre los efectos de las radiaciones atómicas) adoptó este factor de reducción a la décima parte. Esta cifra es desde entonces la referencia oficial.
En el caso del síndrome tóxico, donde no se trataba de minimizar unas consecuencias sino de inventar la causa, era necesario ocultar al público los estudios que fundamentaban la falsificación. Durante el juicio contra los traficantes de aceite y a pesar de las reclamaciones de los abogados de la acusación, el CDC se negó a comunicar los resultados del Dr Tabuenca que demostraban la supuesta responsabilidad del aceite. La dirección de la OMS, más cautelosa, anunció que jamás recibió ninguna solicitud oficial de investigación acerca del origen del síndrome tóxico y que sus especialistas habían trabajado a título individual, por lo que eran los únicos responsables de sus conclusiones.
Según el racionalismo típico de Bertrand Russell, la victoria de la ciencia sobre la teología fue una victoria de la observación sobre la autoridad. Esta fórmula tiene el mérito de resumir en pocas palabras la ideología cientificista, pero ¿qué puede hoy la observación frente a la autoridad y a su sistema de ilusiones? ¿Acaso se ha visto brotar de este ámbito una luz de conciencia auténtica, capaz de mostrar en su absoluta crudeza la ruina de los cuerpos y de las almas, de la totalida del mundo de los hombres?
La famosa objetividad científica detrás de la que se esconden todos los organizadores del desastre actual no es más que la irresponsabilidad de una actividad fragmentada, limitada al mero conocimiento mecánico de la materia. La dominación de la ciencia sobre la sociedad es a la vez sumisión y dimisión, descomposición irreversible de los antiguos pilares del pensamiento racional.
En su ensayo de 1946 titulado “The Prevention of literature”, Orwell observaba que “actualmente mucha gente se escandalizaría si se falsificase un manual científico pero no un hecho histórico”, que las ciencias exactas todavía no estaban amenazadas por el azar y que eso explicaba “en parte el hecho de que en todos los países los científicos se alinean más fácilmente con sus respectivos gobiernos que los escritores”. Medio siglo después, observamos el progreso realizado en este aspecto: el mundo científico ha manifestado tanto su acuerdo con todos los gobiernos que ha activado, sin ninguna reticencia, los mecanismos de corrupción que gangrenan al conjunto del cuerpo social.
Un buen conocedor, testigo de otros desastres, observaba que en la guerra las palabras no valen y que ningún discurso puede ocultar la derrota. Lo que la guerra concentra en la rapidez de los resultados se apica a la historia en general. La ciencia hubiera podido ser algo diferente, como la autoafirmación de la humanida evocada por Pico de la Mirándola cuando el saber objetivo tenía todavía un futuro prometedor, pero este programa se ha invertido hacia el equipamiento técnico de una inconsciencia cada vez mayor y la ciencia no ha podido ni querido ser dueña de su empleo: es un hecho, y un hecho muy abrumador, pues un saber que no se preocupa por sus resultados se condena a sí mismo. Y llegamos al final de este decepcionante viaje.
Esa armonía especial que todavía se mantiene entre la inconsciencia social generalizada y un mundo armado de una capacidad técnica sin límites promete una sola cosa: todo lo que es realizable y rentable se hará sin que ningún dispositivo reglamentario, ningún comité de ética, ningún “escándalo” lo pueda impedir.
Hace 30 años, cuando todo hacía pensar que se podía cambiar el rumbo de la historia, la pregunta universalmente planteada fue formulada muy sencillamente: “¿Por qué deberíamos aceptar ingerir venenos bajo el pretexto de que no son del todo letales, vivir en un entorno no del todo insoportable, relacionarnos con seres no del todo enemigos, oír ruidos de motores no del todo suficientemente estridentes como para volvernos locos? ¿Quién desearía vivir en un mundo cuya característica es no ser del todo mortal?”

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